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Las instituciones y la Violencia Escolar: Problemática y Solución |
| Por Lic. Stella Maris Rivadero Psicoanalista. Docente de Centro Dos |
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Somos
producto de una historia donde el avasallamiento de las instituciones y
las distintas formas de violencia ejercidas sobre las personas dejaron
marcas dolorosas que no han sido tramitadas aún por todo el conjunto
de la sociedad, en consecuencia la escalada de violencia e inseguridad es
cada vez mayor y
probablemente se acreciente si no trabajamos para frenarla. En
los últimos años hemos sido testigos de la creciente degradación
de esta función tanto en el plano familiar como en el social.
Degradación que ha conducido a una situación de anomia bajo el reinado
del Todo vale, opuesto y contrario a la norma y la ley. La
degradación de esta función a nivel social trae aparejada la falta de límites
y de normas dentro del seno familiar. Y la institución escolar es uno del
escenarios privilegiados en los que se muestra la atomización social
enlazada a esta degradación. El déficit de esta función origina diversos efectos, uno de ellos, es el que hoy nos convoca: la violencia en cualquiera de sus manifestaciones; físicas y/o psíquicas. En
este sentido, es importante destacar que la función
paterna no debe ser comprendida ligada a la persona real del padre,
sino que puede ser ejercitada por cualquiera que cuente con un estatuto
simbólico o legitimado socialmente, una investidura que le confiera la
legalidad para ponerla en funcionamiento. Este
estatuto simbólico le es intrínseco a la función del docente, y/o
directivo en tanto tal, por el lugar que ocupan en la estructura y además
imaginariamente para el niño o adolescente son los herederos de esa función
paterna. Para poderse estructurar normativamente, un niño necesita de un Otro que ejerza la función paterna: es condición sine qua non de dicha estructuración. En
este sentido, los docentes, los directivos, en el marco de la institución
escolar, están llamados a encarnar tal función. Pero hoy nos encontramos
con una encrucijada de base que también es producto de la degradación de
esa función. En
épocas anteriores, la autoridad del docente no era puesta en tela de
juicio por alumnos y padres. Hoy, luego de haber atravesado como sociedad
la experiencia histórica que mencionábamos al principio, la noción
misma de autoridad está degradada, y el más mínimo atisbo de señalamiento
de la norma y la ley son tomadas como muestra de autoritarismo, renegando
precisamente que la falta de legalidad deja sin rumbo y a la deriva a un
sujeto. Para
generar la incorporación de las normas desde un principio de autoridad
legítimo es necesario hacer saber que hay una ley general que incluye a
padres, maestros y alumnos, destituyendo la idea de que alguna de las
partes no paga ningún precio. Cada uno en su lugar debe restarse del “todo
se puede”. La autoridad implica que aquél que detenta esa función también está sometido a las reglas de juego, sujeto a leyes. Es necesario e importante que se debata y aclare la diferencia entre autoridad y autoritarismo porque muchas veces es un concepto que aún para los padres es poco claro. No
es hoy poco común que sean a veces los mismos padres quienes se enfrentan
al docente porque sancionan o ponen límites a sus hijos. Y he aquí una
de las principales paradojas que podemos encontrar hoy en el ámbito
escolar que tanto afecta la tarea del docente: la contradicción entre el
ejercicio de la función paterna que en tanto docentes están llamados a
asumir y la degradación cultural, social y familiar que la función ha
sufrido, que dificulta y pone en cuestión el alcance de la tarea docente.
Esta es una encrucijada a la que está expuesto el mejor de los docentes. Asimismo,
la escuela como referente simbólico ocupa, un sitio paradojal.
Por un lado, se descree de la institución y del rol de los maestros que
quedan excluidos y eclipsados, y por otro lado, se les demanda que
solucionen los problemas de los chicos. Los
padres esperan pero descreen. Parafraseo a J. Werthein, “No
hay en el mecanismo educativo nada más importante para elevar la calidad
de la enseñanza que el maestro. Todo lo demás importa pero el maestro es
prioritario.” Los
maestros dejan una impronta en la personalidad de los chicos y en
ocasiones son generadores de vocaciones que se desplegarán en el futuro. Sin
embargo, esta potencialidad que conlleva la función docente, en muchos
casos hoy está desdibujada por la escalada de violencia que atraviesa a
todo el sistema educativo, sin distingo de la extracción social o nivel
educativo (inicial, primaria, secundaria) que circunscriba a cada
institución. Esta situación, naturalmente, provoca en algunos casos: el miedo del maestro, el desconcierto y la pregunta reiterada acerca de qué hacer. Esto es lo que se escucha en las charlas y comentarios de los docentes de todos los niveles. Y ante la falta de respuestas concretas surge la angustia, el temor, la parálisis y a veces el desinterés, como último recurso de protección ante aquéllo con lo cual no se sabe qué hacer y cómo resolver. Muchas
veces, frente al no saber qué hacer, por el temor que inspira la escalada
de violencia de la que puede ser efecto la no introyección de la ley y la
norma, la desautorización que sufren por parte de los padres y/o la
carencia de recursos y herramientas para abordar esta problemática, los
docentes son arrojados a una situación especular – a dar respuestas en
espejo– del ejercicio de la función paterna. Situación
que multiplica la posibilidad de que la violencia se despliegue en su
magnitud. Por
ello, y sobre esto volveré al finalizar la exposición del segundo
concepto, creemos que debería ser prioritario que las instituciones y el
sistema educativo incorpore a su plantel profesionales que puedan
colaborar con los docentes en esta tarea importantísima que es inherente
a su función y que está relacionada con el ejercicicio legítimo de
la autoridad, no como forma de autoritarismo sin resortes que la
fundamenten sino y principalmente porque allí se juega parte importante
–compartida con la familia y el conjunto de la sociedad- de aquéllo que
denominamos anteriormente estructuración normativa del sujeto y podríamos
agregar también: capital para una sociedad más sana y equitativa. Pasaré ahora a exponer el otro concepto que está intrínsecamente relacionado con la estructuración normativa del sujeto. Cada niño, para constituirse como sujeto, tiene una pregunta desde donde se constituye primariamente su ser: es la pregunta fundante del sujeto: ¿qué quiere el Otro de mí?. Pregunta que se va a reiterar en cada encuentro posterior con un prójimo significativo. Cada
niño, cada adolescente espera que el Otro quiera o espere algo de él. En
este sentido, el niño es un sujeto a construir desde el seno de la
familia, que en tanto tal es el primer donador del amor y garantía de la
puesta de límites. Cuando
el niño obtiene a su pregunta una respuesta afirmativa, una repuesta que
indique que algo bueno se quiere y se espera de él, decimos que allí hay
don de amor. Por el contrario, la no respuesta desde el seno familiar a
esta pregunta es siempre una respuesta negativa y como tal, don de
desamor. La
institución escolar, en tanto pasaje de lo familiar a lo social, es
continuadora de esta función. En
caso de que haya existido una respuesta afirmativa desde el seno familiar,
el niño buscará reconfirmarla en el ambito escolar. En
caso de haber tenido una falta de respuesta de los padres a la pregunta ¿qué
quiere el Otro de mí? –que como dijimos antes es en verdad la respuesta
por la negativa- la respuesta positiva es buscada en la escuela
desesperadamente. Si encuentra allí el mismo vacío de respuesta –esa respuesta negativa- la reacción de ese niño puede ser en principio, de dos órdenes: la inhibición o la conducta maníaca- actuadora. En
el primer caso, estamos hablando de aquellos niños a los que se califica
de “retraídos o tímidos”. Esos que se quedan al costado, en un rincón
del aula, sin integrarse al grupo, sin tramar o entretejer lazos sociales
con sus prójimos. En
el segundo de los casos, hablamos de los chicos a los cuales el único
recurso que les queda es mostrar lo peor: para hacerse un lugar en el
mundo. Ese lugar al cual no acceden desde una respuesta a su pregunta,
muestran y actúan. Dicen aquí estoy mediante actos de violencia física
o verbal, con sus Otros docentes o con sus semejantes niños. Actúan
porque al no haber recibido el don del amor, no cuentan con el recurso
simbólico de la palabra que aquél don habilita. Y muchas veces, se suma
a esta imposibilidad de expresar la palabra el hecho de que en algunas
escuelas –por diversas situaciones- los alumnos se encuentran en una
situación de cosificación que tampoco propicia. Muchas
veces, y así la casuística lo ha ido demostrando, en los niños que
desencadenan episodios de violencia en el ambito escolar, se produce una
combinación de ambas reacciones. Y
es en este sentido que una de las posibles soluciones que queríamos dejar
planteadas hoy y que está en relación con lo expuesto hasta aquí, tiene
que ver con aquello que decíamos antes: es imprescindible que se
constituyan equipos de profesionales interdisciplinarios que brinden
orientación no sólo a los padres sino a los maestros/profesores de enseñanza
media. Que el lugar del docente tenga la jerarquía imaginaria y simbólica
adecuada como ícono de formación y transmisión. Nos
referimos a profesionales que contribuyan en la tarea del docente, del
directivo, ayudándolo, sosteniéndolo y orientándolo en el manejo con
cada niño en relación a estas cuestiones que mencionábamos. Por
sumatoria, un profesional de la salud mental también puede ser de vital
importancia para el seguimiento del caso por caso de cada niño. Mirar
en la dinámica de cada aula, en cada niño en particular aquello fallido
en su constitución subjetiva, aquello que deja ver que hay algo de la
estructuración normativa que no está funcionando –ya sea que se
manifieste como falta de límites, agresión, inhibición o retraimiento-
implica trabajar en la línea de la prevención y el abordaje temprano de
tales factores. Sólo reponiendo en cada niño, desde el ámbito de la
escuela, aquello que puede venir funcionando fallidamente desde el ámbito
familiar, se abre la posibilidad de volver a poner en primer plano el
problema de la enseñanza, la pedagogía y los valores que sostenían a la
escuela en un lugar simbólico privilegiado. [1]
Ya que la transmisión sólo es posible si a quien le supongo un saber lo
respeto y valoro. Estos
equipos tendrán a su cargo, en principio, leer en cada situación lo
singular y distintivo para proponer en cada caso qué es lo más
conveniente, por ejemplo: talleres de reflexión (modalidad expositiva y
de intercambio) para padres para trabajar el tema de los límites; qué se
puede y es posible de acuerdo a una normativa en cada etapa evolutiva en
la vida de un niño y un adolescente. Por ejemplo, trabajar con pautas
evolutivas para despejar “conductas violentas” de conductas
esperables.[2]- Talleres
con los chicos para generar un espacio para aprender a hablar y ser
escuchados por los adultos y entre los pares, consejos áulicos donde los
chicos puedan ejercitar su responsabilidad individual e interiorizar las
consecuencias de su accionar en lo grupal. En
definitiva, se trata de acciones que permitan a la escuela dejar de ser el
escenario donde se manifiesta la atomización social ligada a la degradación
de la función paterna para que vuelva a ser el escenario de una comunidad
educativa cohesionada por los valores y normas compartidas. La institución
escolar povee el andamiaje necesario para permitir el pasaje de lo
individual a lo colectivo, y en tanto tal, si ese pasaje es transitado en
los términos descriptos, lo que en definitiva producirá es mucho más
que la reducción de la violencia en la escuela: es la recuperación de la
ley, la norma y los valores en el marco de una sociedad, que será sin
dudas una sociedad mejor. Considero
que los medios de comunicación podrían ser grandes aliados en esta tarea
de revalorización de los roles docente-alumno, si se destacan los
esfuerzos de aquéllos que encuentran otras vías de encuentro y producción
que no son la violencia. Lamentablemente,
el hecho violento tiene prensa, la mostración de lo más agresivo del ser
humano vende. [1] “La escuela mantiene alta su histórica valoración social. El 68% de entrevistados afirman que la escuela es la institución que más valoran. La confianza que genera la escuela aparece relacionada con su identificación con un medio para el ascenso social: quienes pertenecen a los niveles sociales más bajos de la clase media, los que terminaron estudios terciarios y los que tienen trabajo son los que más lo valoran”. Diario La Nación. Lunes 30 de Mayo de 2005. Estudio realizado por el Instituto de Comunicación Social Periodismo y Publicidad de la Universidad Católica Argentina. [2] Referencia: Equipo de Orientación Escolar del Distrito Nº 4 (La Boca, Barrancas, San Telmo) Lic. María Cristina del Castillo y otros. |
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