Las instituciones y la Violencia Escolar: Problemática y Solución

 
Por Lic. Stella Maris Rivadero 
Psicoanalista. Docente de Centro Dos
 

Somos producto de una historia donde el avasallamiento de las instituciones y las distintas formas de violencia ejercidas sobre las personas dejaron marcas dolorosas que no han sido tramitadas aún por todo el conjunto de la sociedad, en consecuencia la escalada de violencia e inseguridad es cada vez mayor  y probablemente se acreciente si no trabajamos para frenarla.

En función de la temática que hoy nos convoca, la escuela como escenario en el que se manifiestan distintas formas de violencia, y con el fin de poder comenzar a esbozar posibles soluciones, que como profesionales de la salud mental podemos desplegar, creemos que es pertinente trabajar sobre dos cuestiones o dos
nociones que desde nuestra disciplina pensamos que atraviesan el problema de la violencia.

Estas dos nociones que desarrollaré están vinculadas con lo que denominamos ESTRUCTURACION NORMATIVA DEL SUJETO.

Los actos violentos, en muchos casos, tienen que ver con la transgresión de la norma, con la falta de límites, es decir, con actos que se constituyen como excesos respecto de la ley normativa, de las leyes que regulan a una sociedad y una cultura.
Estas leyes no son naturales, no son innatas ni inherentes a cada sujeto, sino que son construcciones culturales y sociales y como tales deben ser internalizadas en los tiempos de constitución de la subjetividad (que abarca la niñez y adolescencia.) La transmisión de ese cuerpo normativo está dado por lo que denominamos función paterna.
Esta es la primera cuestión que vamos a abordar: qué es la función paterna y en qué medida la escalada de violencia está ligada a la creciente degradación de dicha función.
Aunque existen varias formas de definirla, en función del tema que nos convoca situaremos la función paterna como aquella función que vehiculiza la ley simbólica, y en tanto la vehiculiza, regula y acota los excesos que se producen en las transgresiones a la misma. Asimismo permite la instalación de una legalidad y el lazo social.

En los últimos años hemos sido testigos de la creciente degradación de esta función tanto en el plano familiar como en el social. Degradación que ha conducido a una situación de anomia bajo el reinado del Todo vale, opuesto y contrario a la norma y la ley.

La degradación de esta función a nivel social trae aparejada la falta de límites y de normas dentro del seno familiar. Y la institución escolar es uno del escenarios privilegiados en los que se muestra la atomización social enlazada a esta degradación.

El déficit de esta función origina diversos efectos, uno de ellos, es el que hoy nos convoca: la violencia en cualquiera de sus manifestaciones; físicas y/o psíquicas.

En este sentido, es importante destacar que la función paterna no debe ser comprendida ligada a la persona real del padre, sino que puede ser ejercitada por cualquiera que cuente con un estatuto simbólico o legitimado socialmente, una investidura que le confiera la legalidad para ponerla en funcionamiento.

Este estatuto simbólico le es intrínseco a la función del docente, y/o directivo en tanto tal, por el lugar que ocupan en la estructura y además imaginariamente para el niño o adolescente son los herederos de esa función paterna.

Para poderse estructurar normativamente, un niño necesita de un Otro que ejerza la función paterna: es condición sine qua non de dicha estructuración.

En este sentido, los docentes, los directivos, en el marco de la institución escolar, están llamados a encarnar tal función. Pero hoy nos encontramos con una encrucijada de base que también es producto de la degradación de esa función.

En épocas anteriores, la autoridad del docente no era puesta en tela de juicio por alumnos y padres. Hoy, luego de haber atravesado como sociedad la experiencia histórica que mencionábamos al principio, la noción misma de autoridad está degradada, y el más mínimo atisbo de señalamiento de la norma y la ley son tomadas como muestra de autoritarismo, renegando precisamente que la falta de legalidad deja sin rumbo y a la deriva a un sujeto.

Para generar la incorporación de las normas desde un principio de autoridad legítimo es necesario hacer saber que hay una ley general que incluye a padres, maestros y alumnos, destituyendo la idea de que alguna de las partes no paga ningún precio. Cada uno en su lugar debe restarse del “todo se puede”. 

La autoridad implica que aquél que detenta esa función también está sometido a las reglas de juego, sujeto a leyes. Es necesario e importante que se debata y aclare la diferencia entre autoridad y autoritarismo porque muchas veces es un concepto que aún para los padres es poco claro.

No es hoy poco común que sean a veces los mismos padres quienes se enfrentan al docente porque sancionan o ponen límites a sus hijos. Y he aquí una de las principales paradojas que podemos encontrar hoy en el ámbito escolar que tanto afecta la tarea del docente: la contradicción entre el ejercicio de la función paterna que en tanto docentes están llamados a asumir y la degradación cultural, social y familiar que la función ha sufrido, que dificulta y pone en cuestión el alcance de la tarea docente. Esta es una encrucijada a la que está expuesto el mejor de los docentes.

Asimismo, la escuela como referente simbólico ocupa, un sitio paradojal. Por un lado, se descree de la institución y del rol de los maestros que quedan excluidos y eclipsados, y por otro lado, se les demanda que solucionen los problemas de los chicos.

Los padres esperan pero descreen. Parafraseo a J. Werthein, “No hay en el mecanismo educativo nada más importante para elevar la calidad de la enseñanza que el maestro. Todo lo demás importa pero el maestro es prioritario.” 

Los maestros dejan una impronta en la personalidad de los chicos y en ocasiones son generadores de vocaciones que se desplegarán en el futuro.

Sin embargo, esta potencialidad que conlleva la función docente, en muchos casos hoy está desdibujada por la escalada de violencia que atraviesa a todo el sistema educativo, sin distingo de la extracción social o nivel educativo (inicial, primaria, secundaria) que circunscriba a cada institución.

Esta situación, naturalmente, provoca en algunos casos: el miedo del maestro, el desconcierto y la pregunta reiterada acerca de qué hacer. Esto es lo que se escucha en las charlas y comentarios de los docentes de todos los niveles. Y ante la falta de respuestas concretas surge la angustia, el temor, la parálisis y a veces el desinterés, como último recurso de protección ante aquéllo con lo cual no se sabe qué hacer y cómo resolver.

Muchas veces, frente al no saber qué hacer, por el temor que inspira la escalada de violencia de la que puede ser efecto la no introyección de la ley y la norma, la desautorización que sufren por parte de los padres y/o la carencia de recursos y herramientas para abordar esta problemática, los docentes son arrojados a una situación especular – a dar respuestas en espejo– del ejercicio de la función paterna.

Situación que multiplica la posibilidad de que la violencia se despliegue en su magnitud.

Por ello, y sobre esto volveré al finalizar la exposición del segundo concepto, creemos que debería ser prioritario que las instituciones y el sistema educativo incorpore a su plantel profesionales que puedan colaborar con los docentes en esta tarea importantísima que es inherente a su función y que está relacionada con el ejercicicio legítimo de la autoridad, no como forma de autoritarismo sin resortes que la fundamenten sino y principalmente porque allí se juega parte importante –compartida con la familia y el conjunto de la sociedad- de aquéllo que denominamos anteriormente estructuración normativa del sujeto y podríamos agregar también: capital para una sociedad más sana y equitativa.

Pasaré ahora a exponer el otro concepto que está intrínsecamente relacionado con la estructuración normativa del sujeto.

Cada niño, para constituirse como sujeto, tiene una pregunta desde donde se constituye primariamente su ser: es la pregunta fundante del sujeto: ¿qué quiere el Otro de mí?. Pregunta que se va a reiterar en cada encuentro posterior con un prójimo significativo.

Cada niño, cada adolescente espera que el Otro quiera o espere algo de él.

En este sentido, el niño es un sujeto a construir desde el seno de la familia, que en tanto tal es el primer donador del amor y garantía de la puesta de límites.

Cuando el niño obtiene a su pregunta una respuesta afirmativa, una repuesta que indique que algo bueno se quiere y se espera de él, decimos que allí hay don de amor. Por el contrario, la no respuesta desde el seno familiar a esta pregunta es siempre una respuesta negativa y como tal, don de desamor.

La institución escolar, en tanto pasaje de lo familiar a lo social, es continuadora de esta función.

En caso de que haya existido una respuesta afirmativa desde el seno familiar, el niño buscará reconfirmarla en el ambito escolar.

En caso de haber tenido una falta de respuesta de los padres a la pregunta ¿qué quiere el Otro de mí? –que como dijimos antes es en verdad la respuesta por la negativa- la respuesta positiva es buscada en la escuela desesperadamente.

Si encuentra allí el mismo vacío de respuesta –esa respuesta negativa- la reacción de ese niño puede ser en principio, de dos órdenes: la inhibición o la conducta maníaca- actuadora.

En el primer caso, estamos hablando de aquellos niños a los que se califica de “retraídos o tímidos”. Esos que se quedan al costado, en un rincón del aula, sin integrarse al grupo, sin tramar o entretejer lazos sociales con sus prójimos.  

En el segundo de los casos, hablamos de los chicos a los cuales el único recurso que les queda es mostrar lo peor: para hacerse un lugar en el mundo. Ese lugar al cual no acceden desde una respuesta a su pregunta, muestran y actúan. Dicen aquí estoy mediante actos de violencia física o verbal, con sus Otros docentes o con sus semejantes niños.

Actúan porque al no haber recibido el don del amor, no cuentan con el recurso simbólico de la palabra que aquél don habilita. Y muchas veces, se suma a esta imposibilidad de expresar la palabra el hecho de que en algunas escuelas –por diversas situaciones- los alumnos se encuentran en una situación de cosificación que tampoco propicia.

Muchas veces, y así la casuística lo ha ido demostrando, en los niños que desencadenan episodios de violencia en el ambito escolar, se produce una combinación de ambas reacciones.

Y es en este sentido que una de las posibles soluciones que queríamos dejar planteadas hoy y que está en relación con lo expuesto hasta aquí, tiene que ver con aquello que decíamos antes: es imprescindible que se constituyan equipos de profesionales interdisciplinarios que brinden orientación no sólo a los padres sino a los maestros/profesores de enseñanza media. Que el lugar del docente tenga la jerarquía imaginaria y simbólica adecuada como ícono de formación y transmisión.

Nos referimos a profesionales que contribuyan en la tarea del docente, del directivo, ayudándolo, sosteniéndolo y orientándolo en el manejo con cada niño en relación a estas cuestiones que mencionábamos.

Por sumatoria, un profesional de la salud mental también puede ser de vital importancia para el seguimiento del caso por caso de cada niño.

Mirar en la dinámica de cada aula, en cada niño en particular aquello fallido en su constitución subjetiva, aquello que deja ver que hay algo de la estructuración normativa que no está funcionando –ya sea que se manifieste como falta de límites, agresión, inhibición o retraimiento- implica trabajar en la línea de la prevención y el abordaje temprano de tales factores. Sólo reponiendo en cada niño, desde el ámbito de la escuela, aquello que puede venir funcionando fallidamente desde el ámbito familiar, se abre la posibilidad de volver a poner en primer plano el problema de la enseñanza, la pedagogía y los valores que sostenían a la escuela en un lugar simbólico privilegiado. [1] Ya que la transmisión sólo es posible si a quien le supongo un saber lo respeto y valoro.

Estos equipos tendrán a su cargo, en principio, leer en cada situación lo singular y distintivo para proponer en cada caso qué es lo más conveniente, por ejemplo: talleres de reflexión (modalidad expositiva y de intercambio) para padres para trabajar el tema de los límites; qué se puede y es posible de acuerdo a una normativa en cada etapa evolutiva en la vida de un niño y un adolescente. Por ejemplo, trabajar con pautas evolutivas para despejar “conductas violentas” de conductas esperables.[2]-

Talleres con los chicos para generar un espacio para aprender a hablar y ser escuchados por los adultos y entre los pares, consejos áulicos donde los chicos puedan ejercitar su responsabilidad individual e interiorizar las consecuencias de su accionar en lo grupal.

En definitiva, se trata de acciones que permitan a la escuela dejar de ser el escenario donde se manifiesta la atomización social ligada a la degradación de la función paterna para que vuelva a ser el escenario de una comunidad educativa cohesionada por los valores y normas compartidas. La institución escolar povee el andamiaje necesario para permitir el pasaje de lo individual a lo colectivo, y en tanto tal, si ese pasaje es transitado en los términos descriptos, lo que en definitiva producirá es mucho más que la reducción de la violencia en la escuela: es la recuperación de la ley, la norma y los valores en el marco de una sociedad, que será sin dudas una sociedad mejor.

Considero que los medios de comunicación podrían ser grandes aliados en esta tarea de revalorización de los roles docente-alumno, si se destacan los esfuerzos de aquéllos que encuentran otras vías de encuentro y producción que no son la violencia.

Lamentablemente, el hecho violento tiene prensa, la mostración de lo más agresivo del ser humano vende.
Pervertidos los parámetros, qué lugar tiene el brillo del esfuerzo compartido entre enseñar -aprender, cuidar -ser cuidado, escuchar, -hacerse escuchar.
Para que la democracia funcione es necesario darle un lugar a la escucha de las voces de los niños y adolescentes porque sino ellos van a actuar aquello de lo cual los adultos somos sordos y ciegos.

 

  Lic. Stella Maris Rivadero
Stellarivadero@yahoo.com

 

[1] “La escuela mantiene alta su histórica valoración social. El 68% de entrevistados afirman que la escuela es la institución que más valoran. La confianza que genera la escuela aparece relacionada con su identificación con un medio para el ascenso social: quienes pertenecen a los niveles sociales más bajos de la clase media, los que terminaron estudios terciarios y los que tienen trabajo son los que más lo valoran”. Diario La Nación.  Lunes 30 de Mayo de 2005. Estudio realizado por el Instituto de Comunicación Social Periodismo y Publicidad de la Universidad Católica Argentina. 

[2] Referencia: Equipo de Orientación Escolar del Distrito Nº 4 (La Boca, Barrancas, San Telmo)

  Lic. María Cristina del Castillo y otros.